14 de julio de 2013

Cartas cruzadas

Titulo: Cartas cruzadas
Autor: Markus Zusak 
Año: 2002
Traducido por: Matuca Fernández de Villavicencio

Editorial: Lumen
Temática: Ficción Moderna Y Contemporánea
Páginas: 384
ISBN: 9788426419804

Sinopsis: ¿Conoces de verdad a la gente que más te quiere? ¿Sabes con qué sueñan tus mejores amigos? ¿Te atreves a descubrir algo insólito de ti mismo? Ed Kennedy es un chico cualquiera en un suburbio cualquiera de una gran ciudad. Vive en un apartamento maltrecho en compañía de su perro y se gana el sueldo como taxista. Le acompaña una pandilla de amigos que poco o nada le piden a la vida, pero de repente algo pasa y Ed tendrá una misión que cumplir# Día tras día, noche tras noche, el joven irá descubriendo que el afecto, la amistad y el amor no son palabras huecas sino verbos vivos: si quieres saber, pregunta; si pretendes ayudar, actúa; si quieres cambiar, no esperes. A menudo, son los pequeños gestos los que mueven el mundo y Markus Zusak nos demuestra que cada uno de nosotros, incluso un chico cualquiera en un suburbio cualquiera, puede dar el primer paso.

El hombre de la pistola es un inútil.
Yo lo sé.
Él lo sabe.
Hasta Marvin, mi mejor amigo, lo sabe, y eso que él es más inútil aún que el hombre de la pistola.

Unos días más tarde recibiré el primer mensaje. 
Eso lo cambiará todo.

Me había dado cuenta de que por todo el mundo había personas logrando grandes cosas mientras yo me dedicaba a aceptar indicaciones de ejecutivos medio calvos llamados Derek y a recelar de los borrachos de los viernes por la noche capaces de vomitar en el taxi o largarse sin pagar. En realidad, lo de probar el taxi fue idea de Audrey. No le costó mucho convencerme, básicamente porque llevaba años enamorado de ella.

Es sorprendente lo que puedes llegar a conseguir mediante el engaño. Como dijo Raskolnikov en una ocasión: «¡Cuando la razón flaquea, el diablo ayuda!».

Cocino.
Como.
Lavo pero raras veces plancho.
Vivo en el pasado y creo que Cindy Crawford es, de lejos, la mejor supermodelo.
Ésa es mi vida.

Lo que más me gusta es pasear con las manos en los bolsillos, tener a Doorman a un lado e imaginar que tengo a Audrey al otro. Siempre nos imagino vistos por detrás.
La luz se atenúa hasta dar paso a la oscuridad.
Está Audrey.
Está Doorman.
Estoy yo.
Y sostengo los dedos de Audrey en los míos.

Personalmente, pienso que el sexo debería ser como las matemáticas. 
A nadie le importa ser un desastre en matemáticas. La gente incluso alardea de ello. Va por ahí diciendo: «Ciencias e inglés no se me dan mal, pero soy un auténtico negado para las matemáticas». Otros se ríen y dicen: «Yo también. No tengo ni idea de qué va toda esa mierda de los logaritmos».
Tendríamos que poder decir eso mismo con respecto al sexo.

Pienso que vive sola, como yo, que nunca ha tenido una familia de verdad y que con los hombres sólo tiene sexo. Nunca deja que el amor se interponga en su camino. Creo que en una ocasión tuvo una familia, pero de esas donde todo son gritos y guantazos. Hay mucho de eso por aquí. Creo que ella los quería y ellos sólo le hacían daño.
Por eso se resiste a amar.
Supongo que se siente más segura así, y no puedo reprochárselo.
Mientras ella duerme en mi sofá reflexiono sobre todo eso. En cada ocasión. La tapo con la manta y después me voy a la cama y sueño. 
Con los ojos abiertos.

Por un momento tengo la sensación de que todo se detiene para observar cómo introduzco la mano en el sobre y saco un naipe viejo. El As de diamantes. 

En él aparecen tres direcciones escritas con la misma letra que el sobre. Las leo despacio, con atención. Noto un estremecimiento en las manos que me penetra y viaja por mi mente, royendo mis pensamientos en silencio. Leo:
Edgar Street, 45, medianoche 
Harrison Avenue, 13,18 h 
Macedoni Street, 6, 5.30 h

Intento deducir qué está pasando y quién me ha enviado por correo lo que podría ser un pedazo de destino.

Algo ocurrirá en cada una de las direcciones anotadas en ese naipe, Ed, y tendrás que hacer algo al respecto.

Sentado en mi porche con Doorman, la luna se inclina sobre mí.
Audrey viene a verme y le cuento que empezaré mañana por la noche. Es mentira. La miro y pienso que me encantaría entrar en casa y hacer el amor con ella en el sofá.

«Quién sabe —me digo—. Puede que un día personas entendidas digan: “A los diecinueve años Dylan ya rozaba el estrellato, Dalí iba camino de convertirse en un genio y Juana de Arco fue quemada en la hoguera por ser la mujer más importante de la historia… Y a los diecinueve años Ed Kennedy encontró su primer naipe en el correo”.»
Cuando ese pensamiento pasa, observo a Audrey, la luna blanca y candente, a Doorman, y me digo: «Deja de soñar».

—Eres hombre muerto. Espera y verás… —me dice con voz queda. Sus palabras me afectan ligeramente—. Recuerda lo que te digo. Recuérdalo cada día cuando te mires al espejo.

La luna se desgaja de las nubes y de pronto me siento desnudo, como si el mundo pudiera verme.

«¿Por qué no puede oírlo el resto del mundo? —me pregunto. En pocos segundos me lo pregunto muchas veces—. Porque no le importa —me respondo al fin, y sé que estoy en lo cierto. Tengo la sensación de haber sido elegido—. Pero ¿elegido para qué? —me pregunto».
La respuesta es simple:
«Para que me importe».

En un momento dado forma un cuenco con las manos. Parece que esté sosteniendo su corazón.

Así y todo, ella llora en el porche y yo desearía acercarme y abrazarla.
Desearía rescatarla y mecerla entre mis brazos.
«¿Cómo puede la gente vivir así?». 
«¿Cómo consiguen sobrevivir?».
Tal vez por eso estoy aquí. 
Porque ya no pueden.

He leído Ulises, por Dios, y la mitad de las obras de Shakespeare. Me doy cuenta de que Audrey jamás podría imaginarse realmente conmigo.

Deséame, suplico, pero no ocurre nada.

La anciana le hizo algo a mi corazón. 
Cuando alargó los brazos y vertió el té fue como si también vertiera algo en mi interior mientras sudaba sentado en el taxi. Fue como si tuviera un cordel en la mano y tirara de él lo justo para abrirme. Entró, dejó una parte de sí misma dentro de mí y se marchó.
Todavía la siento ahí, en algún lugar.

¿Dónde has estado todo este tiempo? —Su voz es angustiada pero dulce—. ¿Dónde has estado?
Tengo algo atascado en la garganta. Son las palabras. Finalmente las reconozco y digo:
 —He estado buscándote.

esta noche siento que podría sostener el mundo entero en mis brazos.

Queridísima Milla:
Mi alma necesita tu alma. 
Te amo,
JIMMY

Audrey me mira y me pregunta si estoy bien simplemente con la expresión de su cara.

No puede tener más de quince años y me está arrollando. Me está aplastando por dentro. Sentimientos de amor y deseo forcejean en mi interior, y me doy cuenta de que me siento inmediatamente atraído por esta chica que sale a correr descalza a las cinco y media de la mañana. No tengo escapatoria.

Es curioso lo silencioso que parece todo cuando miras a la gente desde lejos. Es como ver una película muda. Imaginas lo que dicen. Observas cómo se mueven sus labios e imaginas el sonido de sus pies al chocar con el suelo. Te preguntas de qué están hablando y hasta qué están pensando.

—Sé que puedes ganar, si quieres.

—¿Has recibido más naipes? —Siempre ha sabido que mentí cuando dije que había tirado el As de diamantes. Nadie en su sano juicio tiraría unos diamantes, ¿o sí? Son valiosos. Si algo hay que hacer con ellos es protegerlos.

Cuando Sophie se recupera, me recuerda a la escena de Carros de fuego en la que Eric Liddell cae al suelo pero luego adelanta a todo el mundo y gana.

—En ti hay belleza —le digo—. Lo sabes, ¿verdad?

Compartimos una última sonrisa y me alejo.
Noto sus ojos clavados en mí, pero no miro atrás.

Alza la vista hacia las estrellas. Son estrellas que chorrean en el cielo.
«Ve», me digo una vez más, y esta vez voy.

Unas nubes me observan desde arriba, pero están reculando. El mundo no quiere tener nada que ver con esto.

¿Has venido a salvarnos? —Advierto que una diminuta chispa de esperanza ilumina sus ojos.

El miedo se ha amarrado a mis pies y sé que no puedo hacer nada. Esta noche no. Puede que nunca. Si me muevo, tropezaré con él.

—Gracias al menos por intentarlo, Ed.

Os pregunto:
¿Qué haríais si estuvierais en mi lugar? Decídmelo. ¡Os lo ruego, decídmelo!
Pero vosotros estáis lejos de aquí. Vuestros dedos pasan estas extrañas páginas que de algún modo vinculan mi vida con la vuestra. Vuestros ojos están a salvo. Esta historia no son más que unos centenares de páginas en vuestra mente. Para mí, es aquí. Es ahora. Tengo que llegar hasta el final, no hay más salida. Nada volverá a ser lo mismo. Mataré a este hombre y moriré por dentro. Quiero gritar. Quiero gritar, preguntar por qué. Las diseminadas estrellas caen como carámbanos esta noche, pero nada me alivia. Nada me ofrece una escapatoria. La figura que tengo delante se desmorona y permanezco erguido, esperando.

Ya no me importa ser un mensajero. La culpa me atenaza. Me la sacudo pero siempre vuelve. Nadie dijo que esto iba a ser fácil.

De regreso a casa, con los neumáticos desandando el camino, de vez en cuando me volvía hacia el asiento del copiloto. Estaba lleno de vacío.

Rasgo el sobre y el As de tréboles cae acompañado de una carta.

El naipe dice:
Reza una oración a las piedras de casa.

Mi vida no es una partida de cartas.

Al rato dice:
—Eres mi mejor amigo, Ed.
—Lo sé.
Se puede matar a un hombre con esas palabras. 
Sin necesidad de pistola.
Sin necesidad de balas.
Sólo palabras y una chica.

—Me pierdo en ella—.

Incluso salgo al porche y observo mi limitada visión del mundo. Quiero agarrar ese mundo y por primera vez en la vida siento que puedo hacerlo.

—¿Cómo te sentirías si en este momento tuvieras que estar en un lugar y no supieras cómo llegar a él?

Esa noche en el trabajo, ocurre.
Encuentro las piedras de casa. 
O para ser sincero…
Ellas me encuentran a mí.

El mundo está aclarándose, adquiriendo forma y color, como si alguien lo estuviera pintando a mi alrededor.

Oigo el río y levanto la mirada, y caigo en la cuenta de que estoy arrodillado sobre las piedras de casa.
Hay tres nombres grabados en la roca.
Los veo unos segundos después, cuando vuelvo a levantar la mirada.
Me acerco.
Los nombres son:
Thomas O'Reilly 
Angie Carusso 
Gavin Rose

Busco bolígrafo y papel pese a saber que no llevo, del mismo modo que le das a una persona una respuesta equivocada con la vana esperanza de que, por obra de un milagro, de repente resulte acertada.

La calle es un horror y siempre ha sido célebre por ello. Un lugar de tejas rotas, ventanas rotas y gente rota.

A veces pienso que ni yo mismo me conozco.
Mis ojos tropiezan de nuevo con mi reflejo.
Pero sabes lo que tienes que hacer, me dice.
Estoy de acuerdo.

Dios sabe lo que de verdad importa.

Nos sentamos bajo un gran sauce que llora a nuestro alrededor.

Reímos y corremos y el momento es tan denso que me dan ganas de zambullirme en él, de dejarme llevar.
Me encanta la risa de esta noche.
Nuestros pies corren y no quiero que se detengan. Quiero correr y reír y sentirme así eternamente. Nos sumergimos en la risa de la noche.

—¿Por qué yo? —le pregunto a Dios.
Dios no responde.
Me río y las estrellas me observan.
Me gusta estar vivo.

—¿Estás bien? —pregunta.
Suspiro feliz y digo:
—Sí. Adoro la vida.

El partido ha terminado pero otra cosa comienza.
Regreso al árbol y Doorman no está. Un miedo conocido me invade.

Cuando llego junto al niño y el perro me detengo y compruebo que estaba en lo cierto. El niño sostiene un naipe, pero no alcanzo a ver de qué palo es.

En mi bolsillo llevo el nuevo naipe. 
As de picas.
Eso hace que contemple la calle más atentamente mientras trato de imaginar lo que me espera.

El naipe contiene tres nombres:
Graham Greene 
Morris West 
Sylvia Plath

Mientras bebe el café que le he preparado, contemplo sus labios rojos y pienso que me gustaría levantarme, acercarme y besarlos. Quiero sentir su carnosidad, su suavidad contra los míos. Quiero respirar en ella y con ella.

Lo detengo todo.
Y cometo una estupidez…
Llevado por un impulso, me levanto, me acerco a Audrey y la beso en la boca. Noto los labios rojos y la carne y el aire dentro de ella, y con los ojos cerrados la siento durante un segundo. Su presencia me envuelve y estoy caliente y frío y temblando y abatido.
Estoy abatido por el sonido de mi boca al despegarse de su boca, hasta que el silencio se tambalea entre nosotros.

Lo mejor de todo es que Audrey y yo siempre estamos bien. Por la razón que sea, lo conseguimos. No importa lo que ocurra.

Sólo en la sociedad enferma de hoy día es posible perseguir a un hombre por leer demasiados libros.

Tengo los brazos molidos.
Ignoraba que las palabras pudieran pesar tanto.

La mujer tiene arrugas debajo de los ojos y parece agotada a causa de la vida y de los hijos y eso de poner cada noche comida sobre la mesa.

Hay cinco niños. A todos les cuesta comer con la boca cerrada, pero cuando ríen puedes ver el mundo en sus ojos, y entonces comprendes por qué Lúa los trata como los trata y los quiere tanto.

No es gran cosa, pero supongo que es cierto eso de que las grandes cosas no son más que pequeñas cosas en las que uno se fija.

No dejo ninguna nota.
No hay más que hacer.
Al principio quise escribir «Feliz Navidad» en la caja, pero cambié de parecer.
Esto no tiene que ver con las palabras. 
Tiene que ver con las luces y esas pequeñas cosas que son grandes.

—¿Qué haces aquí, Audrey? —le pregunto.
Baja la vista.
La desvía.
—Supongo que te echaba de menos, Ed —dice finalmente. Tiene los ojos de color verde claro y húmedos. Quiero decirle que no hace ni una semana que nos vimos pero creo que sé a qué se refiere—. Tengo la sensación de que te estás alejando. Has cambiado desde que empezó todo esto.
—¿Cambiado?
Se lo pregunto a pesar de que lo sé. He cambiado.
Me levanto y la miro. —Sí, cambiado. Antes simplemente eras. —Lo dice como si en realidad no quisiera oírlo. Más bien parece que tiene que decirlo—. Ahora eres alguien, Ed. No estoy al corriente de todas las cosas que has hecho y por lo que has pasado, pero no sé, ahora te noto más distante.
¿No os parece una ironía? No he deseado otra cosa que acercarme a ella. De hecho, lo he intentado por todos los medios. 
—Eres mejor —concluye.
Son esas palabras las que me llevan a ver las cosas desde su perspectiva. A Audrey le gustaba que fuera «solo Ed». Era más seguro así. Más estable. Ahora han cambiado cosas. He dejado mis huellas en el mundo, por pequeñas que sean, y eso ha alterado el equilibrio entre nosotros, entre Audrey y yo. Tal vez tema que si no puedo tenerla, deje de quererla.
Como antes.
No quiere amarme pero tampoco quiere perderme.
Quiere que estemos bien. Como antes.
Pero ya nada es cierto.
«Lo estaremos», trato de prometerme.
Espero tener razón.

El bostezo de una chica puede ser tan bello que estremezca. Sobre todo si está de pie en tu cocina, en bragas y camisa.

Le preparo cereales y empieza a comer. No he tenido que preguntarle si quería. Hay cosas que, simplemente, uno sabe.

¿Sabes? De todo el mundo tú eres quien mejor me conoce y quien mejor me trata. Me siento muy cómoda contigo. —Incluso se acerca y me da un beso en la mejilla—. Gracias por aguantarme.
Cuando se marcha todavía siento sus labios en la piel. Su sabor.
Veo cómo sube por la calle, hasta que dobla la esquina. Justo antes de hacerlo, sabe que estoy mirándola y se vuelve y me dice adiós con la mano. Hago lo propio y desaparece. 
Lentamente. 
A veces dolorosamente.

Mis primeros recuerdos son de cuando tenía cuatro años y Gregor Kennedy, mi padre, me subía a caballo. Cuando el mundo no era tan grande y podía verlo todo. Cuando mi padre era un héroe y no un ser humano.

La noche está iluminada de estrellas y cuando me tiendo y contemplo el cielo, me pierdo en él. Tengo la sensación de caer pero hacia arriba, hacia el abismo celestial.

Lo único que hago es caer de rodillas, derribado por unas palabras capaces de asestar un golpe fulminante.

—Lo creas o no, hace falta mucho amor para odiarte así.
Intento comprenderlo.

«El problema no es el lugar —pienso—. Es la persona». 
Habríamos sido los mismos en cualquier lugar. 
Hablo de nuevo. Una última pregunta.
—¿Lo sabía papá?
Se hace un largo silencio.
Un silencio que asesina, hasta que mi madre me da la espalda y rompe a llorar, y la noche se me antoja tan profunda y oscura que me pregunto si algún día volverá a salir el sol.

En momentos así me gusta pensar que hay vida después de la muerte.

Al cabo de unos quince minutos, Audrey encuentra mi mano en el apoyabrazos. Desliza sus dedos sobre los míos. Cuando me los estrecha delicadamente, me vuelvo y advierto que también sostiene la mano de Bernie. A veces la amistad de Audrey es más que suficiente. A veces esta mujer sabe exactamente qué hacer.

Desde luego que han estado, porque en mi butaca, en mi plaza, descansa el As de corazones.

Esta vez los títulos son los siguientes:
La maleta 
La ingenua explosiva 
Vacaciones en Roma

He comprendido ya que esta experiencia me acompañará el resto de mi vida. No me va a abandonar nunca, aunque también me temo que hará que me sienta agradecido. Digo «me temo» porque hay veces que no quiero que esto sea un recuerdo entrañable hasta que toque a su fin. También me temo que nada finaliza realmente cuando llega el fin. Los recuerdos permanecen mientras son capaces de blandir su espada y encontrar un punto blando en la mente para hacer un tajo y penetrar en ella.

Abre el sobre y lee la felicitación. 
En la suya he añadido algo debajo del diamante.
«En ti hay belleza», escribí, y advierto que sus ojos se funden ligeramente cuando lo lee. Es lo que le dije el día de los pies descalzos y la sangre en la pista de atletismo.
—Gracias, Ed —dice, mirando fijamente el naipe—. Nunca me habían regalado una felicitación como ésta. 
—Se les habían acabado las de abetos navideños y Papá Noel —contesto.

Me siento frustrado con mi último As.
De todos ellos, el de corazones tenía que ser el último.
Me ha tocado corazones y por la razón que sea se me antoja el más peligroso de todos.
La gente muere por un corazón roto. Tiene ataques de corazón. Y el corazón es lo que más duele cuando las cosas se tuercen o desmoronan.

Si quiero estar bien algún día, tendré que ganármelo. 
El naipe sigue en mi bolsillo cuando le deseo al padre feliz Navidad y me adentro en la noche. Noto el As de corazones balanceándose en el bolsillo, inclinándose hacia delante para acercarse un poco más al aire y al mundo al que debo enfrentarme.

Aunque imagino que eso significa que necesitas vida en tu vida.

Las chicas bonitas pueden matar y salir impunes.

Nos sentamos en los escalones del porche, que están mitad a la sombra, mitad al sol. Da la casualidad de que yo me siento en la parte oscura y Tommy en la parte luminosa. Ciertamente simbólico, la verdad.

—Y estoy satisfecho de una cosa: quería quedarme en el porche con él hasta que el sol nos diera a los dos pero no lo he hecho. Me levanté y bajé los escalones. Preferí ir en busca del sol a esperarlo.

Me siento fatal porque no tengo ningún regalo para ella.
—Discúlpame… —empiezo a decir, pero me silencia enseguida con un gesto de la mano.
—El hecho de que hayas venido a buscarme es suficiente regalo.

—La pregunta no es si la quiero o no. Lo que en realidad quieres saber es si ella te quiere a ti.

—Ella te quiere a ti, Ed… —dice.
Le miro.
—Pero es a ti a quien desea. 
He ahí el problema.

Y yo tengo mis tres direcciones.
Ritchie. Marv. Audrey.
Me invade una euforia repentina que enseguida se convierte en angustia.
«Espero que los mensajes sean buenos», pienso, pero algo me dice que no serán tarea fácil. Tiene que haber una buena razón para que hayan dejado estos tres para el final. Además de ser mis amigos, también serán los mensajes más difíciles de entregar. Lo presiento.

Salgo a la calle con el naipe todavía en la mano. Una vez fuera, me enfrento a la oscuridad y la incertidumbre de lo que ocurrirá a continuación.
Siento el miedo, pero camino deprisa hacia él.

Ojalá pudiera usar este cuchillo para abrir el mundo de un tajo.

Al principio se limita a seguir caminando. Sólo cuando bajo la vista hacia nuestros pies me percato de que no estamos avanzando. Es el mundo el que se mueve, las calles, el aire y las parcelas oscuras de cielo interior.

Ritchie se levanta y entra en el río. El agua le llega hasta las rodillas. Dice:
—Así son nuestras vidas, Ed. —Se ha quedado con la idea de que las cosas nos pasan por delante y siguen de largo—. Tengo veinte años y… —El tatuaje de Hendrix-Pryor me guiña un ojo bajo la luz de la luna—. Mírame, no hay una sola cosa que desee hacer.
Es increíble lo brutal que puede ser a veces la verdad. Por fuerza tienes que admirarla.
Normalmente vamos por la vida creyéndonos constantemente lo que nos decimos. «Estoy bien», decimos. «Estoy genial». Pero de vez en cuando la verdad se te echa encima y no puedes sacudírtela. Entonces te das cuenta de que a menudo esa verdad no es una respuesta, sino una pregunta. Incluso ahora, me pregunto hasta qué punto me convence mi vida.
Me levanto y me uno a Ritchie en el río.
Estamos dentro, con el agua hasta las rodillas, y la verdad nos ha bajado los pantalones.
El río sigue su curso.
—¿Ed? —dice Ritchie más tarde. Seguimos en el agua—. Sólo deseo una cosa. 
—¿Qué, Ritchie?
Su respuesta es simple: 
—Desear.

Siento que la solución reside en algún lugar que transito a menudo pero en el que nunca reparo. Probablemente la veo cada día, pero existe una gran diferencia entre ver y mirar.

Nunca dejes nada a secar mientras el sol del nuevo año esté saliendo.

Cuando pienso en ese libro, pienso en ella.

No he llegado tan lejos para fallar ahora con las personas que mejor conozco y más quiero.

No puedo creer que Marv y yo estemos hablando así. Normalmente demostramos nuestra amistad discutiendo.

Marv la columpia un poco más fuerte. Empuja la espalda de su hija con ambas manos y ella entra en el cielo riendo con fuerza.

—¿Qué estás haciendo…? 
Mi camisa se me antoja de cemento. Llevo pantalones de madera, calcetines de papel de lija y yunques por zapatos.
—He venido —susurro— por ti.

Coloco el radiocasete en el jardín salpicado de cortezas, me agacho y pulso el botón de reproducir.
Al principio una electricidad estática zarandea el aire. Luego la música empieza a sonar y los dos podemos oír la lenta, queda, dulce desesperación de una canción que no voy a mencionar. Imaginad la canción más dulce, más dura, más bella del mundo… pues ésa.

Coloca sus manos alrededor de mi cuello y descansa la cabeza sobre mi hombro. Puedo oler el sexo en ella, y sólo deseo que ella pueda oler el amor en mí.

«Te quiero», deseo decirle, pero no es necesario. 
El cielo se inunda de fuego y yo estoy bailando con Audrey. Cuando la música termina, permanecemos abrazados un rato más. Calculo que hemos bailado tres minutos.
Tres minutos para decirle que la quiero.
Tres minutos para que ella reconozca que también me quiere.
Me lo dice cuando nos separamos, pero sin que una sola palabra de amor salga de su boca.

Ha dejado que la ame durante tres minutos.
«¿Pueden tres minutos durar eternamente?», me pregunto pese a conocer la respuesta.
«Probablemente no —contesto—. Pero tal vez duren lo suficiente».

He repartido doce mensajes.
He completado cuatro ases.
Siento que es el mejor día de mi vida. «Estoy vivo —pienso—. He ganado».

Un último naipe. 
Abro lentamente el sobre y cuando mis ojos encuentran la dirección, me quedo de piedra.
Leo:
Shipping Street, 26 
Ésta es mi dirección. 
El último mensaje es para mí.

La noche es de color azul intenso. Nubes que semejan cemento pavimentan pedazos del cielo.

Los recuerdos flotan en el aire mientras conduzco. A veces tengo ganas de parar el coche y quedarme. 
Quedarme para siempre. 
Con Ritchie en el río.
Con Marv en los columpios.
Bailando con Audrey en el fuego silencioso de la mañana.

Yo lo hice todo. Te convertí en un taxista no demasiado competente y te hice hacer todas esas cosas que no te creías capaz de hacer.

Y si un tipo como tú puede levantarse y hacer lo que tú hiciste por toda esa gente, tal vez eso signifique que todo el mundo puede. A lo mejor todo el mundo puede ir más allá de lo que se cree capaz. —Me mira con intensidad ahora. Con emoción. Lo dice—. A lo mejor hasta yo puedo…

—¿Soy real? 
Apenas se detiene a meditarlo. No le hace falta.
—Mira en la carpeta —dice—. Hacia el final. ¿Lo ves?
Está escrito con grandes letras en el dorso de un posavasos de cartón. Su respuesta está escrita con tinta negra. Dice: «Naturalmente que eres real, como todo pensamiento o historia que un autor elige contar. Es real mientras la estás viviendo».

Será su nombre el que aparezca en la portada del libro que contiene todas estas palabras, no el mío. 
Él se llevará todo el crédito.
O descrédito, si hace un mal trabajo.
Pero recordad que fui yo y no él quien dio vida a estas páginas. Fui yo el que…
Bueno, a ver si callo de una vez.

Supongo que lo que espero es la vida que vendrá más allá de estas páginas.

—¿Puedo quedarme, Ed? 
Me acerco.
—Claro que puedes quedarte esta noche. —Pero menea la cabeza y sus ojos finalmente se centran.
Da un paso al frente y alarga un brazo.
—No quiero decir esta noche —aclara—. Quiero decir para siempre.
Bajamos lentamente hasta el suelo y Audrey me besa. Sus labios se unen a los míos y saboreo su aliento y trago y siento y me abalanzo sobre él. Me surca por dentro con los ríos de su belleza. Sostengo su pelo rubio. Acaricio la suave piel de su cuello y ella sigue besándome. Desea besarme.

—La carpeta —digo.
Me levanto y entro rápidamente en la sala. Con la carpeta sobre las rodillas, la reviso, hurgo y escudriño entre las hojas sueltas.
—¿Qué haces? —pregunta Audrey.
Ha entrado y se detiene detrás de mí.
Me vuelvo y la miro.
—Estoy buscando esto —le digo señalándonos a los dos con la mano—. Nos estoy buscando a ti y a mí juntos. 
Audrey se arrodilla a mi lado y posa su mano en la mía para hacerme soltar las hojas.
—No creo que esté ahí —me dice con dulzura—. Yo creo, Ed… —Posa las manos suavemente sobre mi cara. La luz anaranjada del atardecer la baña—. Creo que esto nos pertenece a nosotros.

3 comentarios:

  1. Uno de los mejores libros que he leído! Sin palabras :)

    Saludos!

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  2. Lo tengo pendiente y espero que me guste :)
    Un beso.

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  3. Me encantó la pequeña carta/nota a Milla ^^
    parece un libro muy bonito :3
    Saludos!

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