19 de diciembre de 2013

La lluvia en tu habitación

Titulo: La lluvia en tu habitación
Autor: Paola Predicatori
Año: 2012 (2013)
Traducido por: Patricia Orts

Editorial: Salamandra
Temática: Ficción Moderna y Contemporánea
Páginas: 224
ISBN: 978-84-15630-11-1

Sinopsis: A sus diecisiete años, Alessandra ha vivido una de las experiencias más dolorosas: el cáncer se ha llevado a su madre y ahora se encuentra entre la aceptación de una pérdida insoportable y un agudo sentimiento de abandono. Al reincorporarse a la escuela, en un impulso se sienta en el último pupitre junto a Gabriele, ese chico al que todos los alumnos llaman Cero: cero palabras, cero estilo, cero notas. Un tipo silencioso, solitario e ignorado por todos, el gran perdedor de la clase, aunque él no parece darse por aludido. Alessandra se convierte así en la nueva habitante de Cerolandia, el país de la nada, de las sombras, del olvido. Cero acoge a Alessandra con una indiferencia que ella agradece, aunque, poco a poco, esa indiferencia va suscitando en ella una curiosidad tan irresistible como insidiosa, pues interfiere en su dolor y llama a la puerta de su obstinada soledad. Cero es, por supuesto, más interesante de lo que parece, con su eterno mutismo, sus repetidas e inoportunas ausencias y un notable talento para el dibujo. Así, inesperadamente, el vínculo que se crea entre los dos, un extraño pacto tácito de amistad, va más allá de la atracción romántica y, para Alessandra, el primer invierno sin su madre cobra una nueva perspectiva que le devuelve las ganas de vivir.

  • La playa, vacía, infinita. Ni siquiera es ya un espacio, sino la superficie inclinada del tiempo donde la memoria se desliza.
  • habríamos vuelto a disponer de tiempo y aprendido a no malgastarlo, a no aguardar a que llegase un futuro incierto para pronunciar las palabras importantes.
  • me tumbaba junto a ella y le cogía la mano, o ella apoyaba la suya en mi pelo, y dormíamos así, como si estuviésemos excavando un tiempo diferente en el tiempo, creando asideros, escapatorias.
  • Sentí que la tierra se abría bajo mis pies, y el miedo me estrechó de nuevo contra su pecho y respiré el aire venenoso de sus pulmones. Mi madre se había ido.
  • Hacer ciertas cosas equivale a ponerse una máscara; si te ocultas tras ella desapareces y ya no cuentas para nada.
  • Quien dice que la vida sigue es un idiota. No, la vida se para. El tiempo sigue su curso, pero la vida se para un montón de veces dentro de sí y se convierte en algo irreconocible. La parte más difícil es cuando te toca estar parado y esperar. Hoy he decidido aguardar sentada aquí, en el último banco. Me resisto, no quiero que mi vida vaya a ninguna parte sin ti.
  • Sin prisa, me dirijo hacia la ventana de siempre y empiezo a vaciar la mente de todo pensamiento. Miro invariablemente el mismo árbol, sigo la línea de sus ramas, observo las últimas hojas amarillas: es mi intervalo zen.
  • Sobre sus tumbas se erige un ciprés gigantesco. Sus ramas, de un verde oscuro, se alzan varios metros hacia lo alto. Es precioso, solemne, y eso me encanta.
  • La visita no era triste y morir parecía algo tan dulce como las flores, como la sonrisa de esas estatuas que tanto nos gustaban.
  • Deambulo con la vespa durante horas sin rumbo fijo, sin ver a nadie. Vivo el instante, sin mirar adelante ni atrás. Existo.
  • Volver a casa es lo más difícil. Está todo tan silencioso, tan ordenado... el tiempo se detuvo aquel día.
  • Abandonada por tu amor.
  • Me sale así, una frase pescada por el alcohol en algún rincón de mi mente, donde, por lo visto, la metí a la espera de utilizarla alguna vez.
  • Alzo los ojos y escruto el cielo sobre mi cabeza: negro y tachonado de estrellas. Cierro y abro los ojos varias veces: ¿estás realmente muerta?
  • Dos ceros en fuga en plena noche, el infinito, también nosotros ribeteamos algo que encaja con la oscuridad.
  • Ahora me doy cuenta de que tu muerte se repite en cada cosa, también en mí: tu muerte es mi muerte.
  • Creo que también se muere así: cuando se deja de usar ciertos objetos o de entrar en algunas habitaciones. Aprisionamos el pasado para que no nos dé alcance con el peso de los recuerdos.
  • Por fin se encienden las luces nocturnas en Cerolandia, y sólo hay estrellas.
  • Cuando no estaban juntos pasaban horas hablando por teléfono, se enviaban mensajes, eran oxígeno puro, era el amor.
  • ¿Las palabras? Menudo despilfarro.
  • Lo llamaba «el mar de los porqués», asegurando que era imposible no pensar en algo eterno cuando brilla al sol.
  • su idea de la amistad es muy flexible. Es de las que eligen a las amigas igual que la ropa, según el momento y las circunstancias.
  • —¿Cuándo vuelves?
    —Cuando estés durmiendo.
    Y yo me dormía y, mientras soñaba, tú regresabas.
  • Me concentro y recuerdo su voz, la última vez que me tocó, que me besó, y me pregunto si la memoria será capaz de llegar hasta el fondo sin olvidar nada. Porque sólo estás ahí. Sólo en la memoria te encuentro.
  • ¿El mundo ha recuperado el orden o soy yo la que está patas arriba?
  • Me abandono a la melancolía como a una fuente de vida eterna y pienso que nunca volveré a ser feliz.
  • Aunque sabía que se trataba de un sueño, todo me parecía auténtico. Cuando desperté, lo retuve por un instante y la felicidad se introdujo en mi corazón como un proyectil de plata, y me mató.
  • A veces pienso que sólo con rozar su dolor, me arriesgo a sentir el mío. Lo despertaría como a un viejo dragón que duerme en el corazón de la montaña, y no conozco ningún hechizo que ponga de nuevo las cosas en su sitio.
  • A veces, cuando estoy en mi habitación tumbada en la cama con los ojos cerrados, imagino que la puerta de casa se abre y que estás ahí,
  • El miedo me oprimía la garganta y no lograba decir nada, las palabras se habían convertido en arena.
  • Me gusta dormir cuando llueve.
  • todos tenemos nuestros problemas y eso no nos da derecho a comportarnos mal con los demás.
  • Es cierto que si tienes un problema grave lo demás se desvanece.
  • Caminamos sin hablar hasta que, de improviso, como si el miedo a perderte se hubiese materializado en ese momento, te abracé al igual que un enamorado tímido que hubiera logrado hacer acopio de valor.
  • Una tarde en que estaba estudiando en mi habitación, entraste para anunciarme que fuera había dos arco iris. Fui hasta la ventana, aparté la cortina y vi dos arcos relucientes y nítidos recortarse contra el cielo. Apenas unos momentos antes llovía torrencialmente, de modo que parecía increíble que de repente hubiese salido el sol.
  • Ese recuerdo es el hechizo más poderoso que conozco: tú te transformas en tierra y mi corazón en cristal.
  • me he convertido en una acróbata, me mantengo en equilibrio sobre un largo hilo de días idénticos sin caer jamás. Tengo siempre los ojos cerrados y, si bien el vacío me atrae, no me asusta.
  • Cuando vuelva la felicidad, haré como si nada. Simularé no darme cuenta, como alguien que es capaz de vivir sin ella, que aprendió a hacerlo y está bien así. Cuando vuelva la felicidad, no le diré nada. Fingiré no verla y ya está.
  • La llevo a la playa, la llevo conmigo. Hasta el fin del mundo. Siempre. Para siempre.
  • Lo observo y sé qué estoy mirando: te miro a ti. En mis labios aflora una leve sonrisa, varios mechones de pelo bailan delante de mi cara, y mis ojos traslucen cierta timidez. ¿Te miraba así?
  • A última hora de la tarde, oí que la ventana golpeteaba y fui a la habitación. La cortina ondulaba suavemente arriba y abajo y una ligera llovizna caía dentro, iluminada por el haz de luz dorada que se filtraba por la ventana abierta. Hice amago de cerrarla, pero me detuve. El aire era fresco y se percibía el olor penetrante del mar. Al final no la cerré y permanecí allí unos minutos escuchando el frufrú de la cortina al sacudirse, sintiendo el aire que entraba y acariciaba las cosas, como si todo volviese a respirar de nuevo.
  • Quizá llega un momento en que todo se resquebraja y luego, poco a poco, se rompe: mi abuela riéndose en el garaje; la lluvia dentro de tu habitación; un objeto que creías perdido y que retorna.
    Y, al final, también tú te conviertes en algo distinto, aunque de algún modo más exacto. Ya no eres el pensamiento constante que duele, sino el hecho inesperado que nos sorprende y libera.
  • Sufrir es también una forma de quererte y ahora lo sé, sé cuánto te quise, pese a que sólo me doy cuenta cuando me siento así.
  • —Pienso a menudo en ti —dice al fin, como si fuese un problema que no logra resolver.
  • En ciertos momentos notaba en la cara el sol que se colaba entre las gruesas nubes. Y oía el viento, y tus palabras. ¿Qué me decías? ¿Qué me contabas? Ojalá pudiera recordarlo todo...
    Entonces éramos inmortales. La vida nos parecía tanta...
    Sentía el sol en la cara y oía el viento y tus palabras, y era lo único que importaba.

4 comentarios:

  1. La verdad es que es un libro super triste.
    Un beso.

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  2. Me gusta cada vez más la forma de reseñar tus libros! y este me dieron ganas de leerlo, aunque como dicen arriba, parece muy triste. Veremos si le damos una oportundidad mi corazoncito y yo xD

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  3. Hola :)
    Éste es un libro al que le tengo muchas ganas, pero no creo estar para una lectura tan triste, aún así espero leerlo en el futuro ^^
    Besoss

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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