24 de marzo de 2014

La carretera

Titulo: La carretera
Autor: Cormac McCarthy
Año: 2006 (2011)
Traducido por: Luis Murillo Fort

Editorial: Mondadori
Temática: Ficción Moderna y Contemporánea
Páginas: 216
ISBN: 978-84-397-2492-6

Sinopsis: La carretera, novela galardonada con el premio Pulitzer 2007 y best seller literario del año en Estados Unidos, transcurre en la inmensidad del territorio norteamericano, un paisaje literalmente quemado por lo que parece haber sido un reciente holocausto nuclear. Un padre trata de salvar a su hijo emprendiendo un viaje con él. Rodeados de un paisaje baldío, amenazados por bandas de caníbales, empujando un carrito de la compra donde guardan sus escasas pertenencias, recorren los lugares donde el padre pasó una infancia recordada a veces en forma de breves bocetos del paraíso perdido, y avanzan hacia el sur, hacia el mar, huyendo de un frío «capaz de romper las rocas».

  • Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado.
  • Se levantó con la primera luz gris y dejó al chico durmiendo y caminó hasta la carretera y en cuclillas estudió la región que se extendía al sur.
  • Solo sabía que el niño era su garantía. Y dijo: Si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca.
  • Envueltos en las mantas, viendo cómo la indescriptible oscuridad venía a amortajarlos. El contorno gris de la ciudad desapareció como un fantasma con la llegada de la noche y el hombre encendió la pequeña lámpara y la puso a resguardo del viento.
  • Y luego, ya a oscuras: ¿Puedo preguntarte algo?
    Naturalmente.
    ¿Qué harías si yo muriera?
    Si tú murieras yo también querría morirme.

    ¿Para poder estar conmigo?
    Sí. Para poder estar contigo.
    Vale.
  • Ojalá mi corazón fuese de piedra.
  • Levantó la cara al pálido día. ¿Estás ahí?, susurró. ¿Te veré por fin? ¿Tienes cuello por el que estrangularte? ¿Tienes corazón? ¿Tienes alma maldito seas eternamente? Oh, Dios, susurró. Oh, Dios.
  • Ten presente que las cosas que te metes en la cabeza están ahí para siempre, dijo. Quizá deberías pensar en eso.
    Algunas cosas las olvidas, ¿no?
    Sí. Olvidas lo que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar.
  • Un frío como para agrietar las piedras. Como para quitarte la vida. Abrazó al chico que tiritaba y contó cada frágil respiración en medio de la negrura.
  • Soñó que despertaba en un bosque florido con pájaros volando frente a él y el niño y el cielo era de un azul dolorido pero él ya estaba aprendiendo a despertarse de esos mundos de sirena.
  • Y los sueños tan llenos de color. ¿Cómo si no te reclamaba la muerte? Al despertar en el frío amanecer todo se volvía ceniza al instante.
  • En las noches contadas por millares soñar los sueños de la imaginación de un niño, mundos ricos o temibles según se presentaran pero nunca el que iba a ser.
  • La luz diurna cruda y fría colándose por el tejado. Gris como su corazón.
  • «Siempre» es mucho tiempo. Pero el chico sabía lo que él sabía. Que siempre es un abrir y cerrar de ojos.
  • Él se quedó medio dormido con el agradable calor. La sombra del chico pasó por encima de él. Con una brazada de leña. Le miró atizar el fuego. El dragón personificado. Las chispas volaban hacia lo alto y morían en la oscuridad sin estrellas. No todas las palabras moribundas son verdad y esta bendición no es menos real porque la hayan despojado de su suelo.
  • En esta carretera no hay interlocutores de Dios. Se han ido y me han dejado aquí solo y se han llevado consigo el mundo. Duda: ¿En qué difiere el nunca será de lo que nunca fue?
  • Si no cumples una promesa pequeña tampoco cumplirás una grande. Es lo que tú me dijiste.
  • La pelota de papel soltó una última y pequeña llamarada y se extinguió dejando fugazmente un tenue dibujo en la incandescencia. La forma de una flor, una rosa fundida. Después reinó otra vez la oscuridad.
  • Un fulgor rosado en la luna de la ventana.
  • Sin listas de cosas que hacer. El día providencia de sí mismo. La hora. No hay después. El después es esto.
  • Todas las cosas bellas y armónicas que uno conserva en su corazón tienen una procedencia común en el dolor. El hecho de nacer en la aflicción y la ceniza. Bueno, susurró para el chico que dormía. Yo te tengo a ti.
  • Me he echado un nuevo amante. Él puede darme lo que tú no.
    La muerte no es ningún amante.
  • El corazón me lo arrancaron la noche en que él nació, así que ahora no pidas que me dé pena.
  • Una persona que no tuviera a nadie haría bien en apañarse un fantasma más o menos pasable. Insuflarle vida y mimarlo con palabras de amor. Ofrecerle migas de fantasma y protegerlo con su propio cuerpo. Por lo que a mí respecta mi única esperanza es la nada eterna y la deseo con toda mi alma.
  • Tenemos que escapar. No mires atrás. Vamos.
  • Quiero que esperes aquí, dijo. No estaré lejos. Podré oírte si me llamas.
    Llévame contigo, dijo el chico.
  • Empujaron el carrito por el bosque hasta la carretera vieja y lo dejaron allí y se dirigieron al sur por la calzada huyendo de la oscuridad.
  • Se sentó a su lado y acarició sus pálidos cabellos enmarañados. Cáliz de oro, bueno para albergar a un dios. No me digas cómo acaba la historia, por favor.
  • ¿Todavía somos los buenos?, dijo.
    Sí. Todavía somos los buenos.
    Y lo seremos siempre.
    Sí. Siempre.
    Vale.
  • la sempiterna ceniza.
  • Todo va a ir bien, ¿verdad, papá?
    Sí. Todo irá bien.
    Y no nos va a pasar nada malo.
    Desde luego que no.
    Porque nosotros llevamos el fuego.
    Así es. Porque llevamos el fuego.
  • La nieve caía a susurros en medio de la quietud y las chispas crecieron y mermaron y se extinguieron en la negrura eterna.
  • ¿Existe dentro de ti un ser semejante del cual tú no sabes nada? ¿Es posible? Estréchalo entre tus brazos. Así. El alma es ágil. Atráelo hacia ti. Dale un beso. Rápido.
  • No te abandonaré, susurró. No te dejaré nunca. ¿Entiendes?
  • Cuando se dedicaba a mirar cómo dormía el chico había momentos en los que empezaba a sollozar sin poder controlarse pero no por la idea de la muerte. No estaba seguro de cuál era el motivo pero pensaba que tenía que ver con la belleza o con la bondad.
  • El aplastante vacío negro del universo. Y en alguna parte dos animales perseguidos temblando como zorros escondidos en su madriguera. Tiempo prestado y mundo prestado y ojos prestados con que llorarlo.
  • Esto es lo que hacen los buenos. Seguir intentándolo. Jamás se rinden.
    Vale.
  • echó una última ojeada a aquel pequeño paraíso que palpitaba en la luz naranja de la estufa y después se quedó dormido.
  • Cuando estás vivo siempre tienes la muerte ahí delante.
  • Se levantó para echar más leña al fuego y apartó los rescoldos de las hojas secas. Las chispas ascendieron en roja sacudida y murieron más arriba en la negrura.
  • Las cosas mejorarán cuando todo el mundo haya desaparecido.
    ¿Desaparecerán todos?
    Seguro que sí.
    ¿Mejor para quién?
    Para todos.
  • Cuando todos hayamos desaparecido entonces al menos no quedará nadie aquí salvo la muerte y sus días también estarán contados.
  • el cielo a mediodía negro como las bodegas del infierno.
  • Sus sueños se animaron. El mundo olvidado reapareció.
  • Cuando sueñes con un mundo que nunca existió o con un mundo que no existirá y estés contento otra vez entonces te habrás rendido. ¿Lo entiendes? Y no puedes rendirte. Yo no lo permitiré.
  • Mira, haya lo que haya arriba es mejor saberlo que no saberlo.
    ¿Por qué?
    Por qué. Bueno, pues porque no nos gustan las sorpresas. Las sorpresas asustan. Y no nos gusta estar asustados. Y ahí arriba podría haber cosas que necesitamos. Es preciso echar un vistazo.
    Vale.
  • Confiaba en que aclararía pese a que el mundo parecía volverse más oscuro por momentos.
  • ¿Qué hay al otro lado?
    Nada.
    Algo habrá, ¿no?
    Quizá un padre y su hijo sentados en la playa.
    Eso sería bonito.

    Sí. Sería bonito.
    ¿Y podría ser que ellos también llevaran el fuego?
    Sí. Podría ser.
  • Las ascuas todavía vivas de una lumbre de maderos flotantes vibrando en el viento que soplaba tierra adentro. Acostado bajo aquella miríada de estrellas.
  • Cuando volvió al fuego se arrodilló junto a ella y acarició sus cabellos mientras dormía y dijo que si él fuera Dios habría creado el mundo tal cual sin ninguna diferencia.
  • El acero estaba gris y erosionado por la sal pero pudo distinguir la inscripción en letras doradas. Pájaro de Esperanza.
  • Cumpliré mi promesa, susurró. Pase lo que pase. No te enviaré solo a la oscuridad.
  • Tienes que quedarte cerca, dijo. Tienes que ser rápido. Para poder estar a su lado. Abrazarlo. El último día de la Tierra.
  • Algunas noches despertaba en medio del negro páramo helado saliendo de mundos de amor humano suavemente coloreados, cantos de pájaros, el sol.
  • El chico lo miraba con los ojos cargados de lágrimas. Oh, papá, dijo.
    Lo vio venir por la hierba y arrodillarse junto a él con la taza de agua que había ido a buscar. A su alrededor todo era luz.
  • Se quedó acostado mirando al chico junto al fuego. Quería ser capaz de ver. Mira todo esto, dijo. No hay un solo profeta en la larga crónica de la Tierra que no encuentre hoy aquí su razón de ser.
  • El hombre le cogió la mano, resollando. Tendrás que seguir tú solo, dijo. Yo no puedo ir contigo. Tienes que seguir adelante.
  • Tienes que llevar el fuego.
    No sé cómo hacerlo.
    Sí que lo sabes.
    ¿Es de verdad? ¿El fuego?
    Sí.
    ¿Dónde está? Yo no sé dónde está el fuego.
    Sí que lo sabes. Está en tu interior. Siempre ha estado ahí. Yo lo veo.
  • Dijiste que no me abandonarías nunca.
    Lo sé. Perdona. Te llevo en mi corazón. Como te he llevado siempre. Eres el mejor que conozco. Siempre lo has sido. Aunque yo no esté tú puedes seguir hablándome. Puedes hablarme y yo te hablaré a ti. Ya verás.
    ¿Te oiré?
    Sí. Claro que sí. Tienes que hacer como si imaginaras que hablamos. Y me oirás. Tienes que practicar. No te rindas nunca. ¿Vale?
    Vale.
  • Te hablaré todos los días, susurró. Y no me olvidaré. Pase lo que pase. Luego se levantó y dio media vuelta y regresó a la carretera.
  • Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.

3 comentarios:

  1. "Vale"
    Creo que esa es la frase que más se repite en este libro y todas las veces me impacto. Todas
    Besos

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  2. Hola!
    La verdad es que no me llama.
    Un beso.

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